Diccionarios

INTRODUCCION

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Diccionario - Libro de referencia en el que se recogen y explican de forma ordenada palabras de una o más lenguas o de una determinada materia: la mayoría de los diccionarios escolares desatienden por completo la competencia lingüística del público al que van dirigidos.
2. Ordenación de términos o palabras en un determinado aspecto: me he comprado un diccionario de sinónimos y otro ideológico.
3. Catálogo ordenado de nombres, hechos o noticias referentes a un campo específico de conocimiento: uno de los diarios adjuntaba a su suplemento dominical los fascículos de un diccionario biográfico de los autores musicales más importantes.
En su sentido básico y originario, un diccionario es una ordenación alfabética de los elementos léxicos de una lengua acompañados de su definición y otras informaciones adyacentes, como su pronunciación, su etimología, la categoría gramatical a la que pertenecen, ejemplos ilustrativos de su uso —que pueden ser citas literarias acompañadas de su fecha—, las locuciones en las que intervienen, sus sinónimos y sus antónimos. En el ámbito de la gramática generativa, se llama diccionario (o lexicón) a la información léxica que lleva incorporada en su competencia todo hablante de una lengua.

Los diccionarios, al igual que las enciclopedias, son obras de referencia que se consultan para solucionar dudas y obtener información acerca de las palabras y los conceptos a ellas asociados. La diferencia entre ellos resulta fácil de establecer en teoría —el diccionario define "palabras" y la enciclopedia define las "cosas" a las que esas palabras se refieren—, aunque a la hora de llevarla a la práctica se producen interferencias mutuas, puesto que hay obras de referencia que participan de las características de ambas: son los llamados diccionarios enciclopédicos, muy habituales en el mundo anglosajón. La función básica del diccionario es la explicación del significado de las palabras de forma "sistemática" (en donde este adjetivo se refiere al hecho de que el significado de un vocablo surge por oposición al de otros con los que forma una misma clase léxica, algo que no siempre se tiene en consideración). La enciclopedia, por el contrario, no busca establecer oposiciones contrastivas entre las palabras, sino que pretende aportar información adicional y útil acerca de conceptos referidos a las ramas del saber, independiente de su contenido semántico. Por otro lado, no todos los términos enciclopédicos poseen su correspondiente definición de diccionario (piénsese por ejemplo en los nombres propios, los topónimos, los tecnicismos y las expresiones extranjeras), y lo mismo ocurre a la inversa (elementos léxicos "vacíos" como las preposiciones o las conjunciones, que sólo pueden ser ampliados enciclopédicamente como categoría gramatical global). Actualmente, se han impuesto los diccionarios en soportes magnéticos y ópticos, al igual que sucede con las enciclopedias, dado que ofrecen enormes ventajas para el manejo de los mismos, al tiempo que resuelven problemas de actualización, espacio, etc.

En latín clásico y en la Alta Edad Media se empleaba el término glossarium como sinónimo de diccionario, mientras que vocabularium y dictionarium eran términos equivalentes que se emplearon durante la Baja Edad Media. Posteriormente, el significado y uso de estos términos evolucionó. En la actualidad, aunque las palabras vocabulario, glosario y léxico se emplean en ocasiones de forma indistinta como equivalentes de diccionario, es posible establecer en rigor las diferencias semánticas y de aplicación entre ellas. Se llama glosario al vocabulario de palabras poco conocidas o desusadas, o al de términos de una misma disciplina; como en un principio dichos vocablos iban acompañados de una explicación o glosa que facilitaba su comprensión, con el tiempo pasó a significar la explicación misma. El léxico de una lengua es el conjunto de palabras que la componen; originariamente, este término se empleó para referirse a la colección de formas raras o difíciles, aunque en la actualidad se aplica también al repertorio de voces propias de un autor (como el léxico de Galdós, el léxico de Góngora, etc.). Se denomina vocabulario al inventario que contiene pocas palabras, que suelen ir acompañadas de escasas o nulas explicaciones; la selección y discriminación de estos términos dependerá, en gran medida, de si se aplica a una obra general, especializada o referida a un ámbito cultural determinado.

Según la naturaleza de los términos que se incluyen y su orientación metodológica, se distinguen varias clases de diccionario, que se engloban dentro de dos grupos principales: diccionarios diacrónicos y diccionarios sincrónicos.

1) Diccionario diacrónico. El que se ocupa del desarrollo del léxico de una determinada lengua a lo largo del tiempo. A su vez, puede ser de dos tipos: diccionario histórico y diccionario etimológico. El primero estudia las diferentes fases evolutivas que se producen en el significado, la forma y el uso de las palabras. La realización de una obra de este tipo entraña una gran dificultad, ya que requiere un estudio detallado de la historia de una lengua, por lo que se suele centrar en una época determinada. En la actualidad, la Real Academia Española está elaborando un Diccionario Histórico que, gracias al apoyo de la informática, estará concluido en breve. El diccionario etimológico, por el contrario, especifica la forma originaria de cada una de sus entradas léxicas junto con sus modificaciones fonéticas y semánticas a lo largo del tiempo. Por lo general, aparecen agrupadas las palabras que derivan de un mismo étimo. La mejor obra de este tipo en español es el Diccionario crítico etimológico de la lengua castellana (1954), de Joan Corominas.
2) Diccionario sincrónico. Recoge el léxico de uso de una determinada lengua correspondiente a un período concreto de su desarrollo (generalmente el momento actual). Se distinguen varios tipos:

Diccionario monolingüe. El que recoge palabras de una sola lengua y explica su significado.
Diccionario plurilingüe (bilingüe, trilingüe, etc.). El que establece las equivalencias entre palabras pertenecientes a dos o más lenguas. La principal dificultad a la hora de componer un diccionario de este tipo es la ausencia de un isomorfismo total entre lenguas distintas, por lo que para traducir los términos de una a otra hay que tener en cuenta no sólo la forma y el significado de las palabras, sino su uso y su contexto lingüístico. Un tipo particular de diccionario plurilingüe es el llamado diccionario multilingüe, que suele referirse a una disciplina científica o artística concreta, cuyos términos no poseen la polisemia que caracteriza a la lengua general.
Diccionario enciclopédico. El que contiene, además de la definición lingüística de las palabras de un idioma, artículos relativos a distintos campos de conocimiento. Por su carácter universal, constituye una de las principales obras de referencia de las bibliotecas.
Diccionario técnico (o científico). Compilación alfabetizada de los términos empleados en una determinada disciplina científica o actividad profesional, tanto los que son exclusivos de la misma como aquellos otros de la lengua general que poseen un sentido especial.
Diccionario de abreviaturas. El que recoge todas las siglas, acrónimos y demás acortamientos formales de los términos que componen una lengua, así como los de cualquier ciencia o disciplina de conocimiento.
Diccionario biográfico. Catálogo ordenado de personalidades pertenecientes a un determinado campo, a un solo país o a todo el mundo.
Diccionario geográfico y de topónimos. Posee información general sobre los lugares que describe.
Diccionario ideológico. El que reúne en grupos conceptualmente homogéneos todas las palabras que guardan relación con una determinada idea. Una gran obra de este tipo en español es el Diccionario ideológico de la lengua española (1993), de Julio Casares.
Diccionario de sinónimos y antónimos. Acompaña cada término de otros con los que comparte una relación semántica de sinonimia o antonimia.
Diccionario de rimas. Ordenación alfabética de las palabras teniendo en cuenta su terminación y su derivación.
Diccionario de autoridades. Contiene citas de autores, generalmente literarios, que con su autoridad avalan el sentido y el uso del término que se ilustra.
Diccionario de dudas. Obra de consulta, de carácter generalmente normativo, que expone las respuestas a las dudas o problemas que pueda tener el usuario acerca de su lengua. La principal obra en español de este tipo es el Diccionario de dudas y dificultades de la lengua española (1986), de Manuel Seco.
En el mundo antiguo no puede hablarse de estudios lexicográficos propiamente dichos, puesto que la lexicografía (arte de componer diccionarios) no existía aún como tal. Hubo, eso sí, algunos intentos por crear catálogos y tratados que condensaran de forma ordenada el saber de la época. El rey asirio Assurbanipal, que reinó entre los años 668 y 627 a.C., fundó en Nínive una de las primeras bibliotecas conocidas, y ordenó a sus escribas que recogieran y copiaran textos antiguos a lo largo de todo el reino. Este archivo incluye más de 20.000 tablillas en escritura cuneiforme, que recogen la sabiduría mesopotámica en distintas materias: además de literatura, religión, matemáticas, botánica, química y otras, contiene una de las primeras descripciones lexicográficas que se conocen. Se sabe también de la existencia de repertorios léxicos en otras lenguas antiguas (especialmente el sánscrito).
Durante la época clásica grecorromana continúa la producción de tratados y catálogos, aunque no existe aún obra alguna que recoja todas las palabras del griego, el latín u otra lengua. Calímaco (siglo III a.C.), erudito griego que trabajó en la biblioteca de Alejandría, confeccionó una de las primeras obras de referencia que se conocen: un catálogo literario denominado Pinakes, elaborado a partir de los fondos de la biblioteca, que contenía toda la literatura griega de la época. Por su intención histórico-literaria, los distintos géneros estaban clasificados por separado y las obras aparecían ordenadas alfabéticamente (acompañadas de una breve noticia acerca de la personalidad del autor). Fue, sin embargo, el erudito latino Marco Terencio Varrón (siglo I a.C.) el primer gramático que se dedicó de pleno a los estudios léxicos; en su tratado De lingua latina estudia la analogía (moderna morfología), origen y relaciones de las palabras, por lo que resulta una obra fundamental para la investigación filológica del latín. El gramático Verrio Flaco, contemporáneo de Augusto, compuso De verborum significatione, obra que supone un gran avance lexicográfico puesto que contiene palabras ordenadas alfabéticamente y una gran información sobre la gramática y el saber de su tiempo. Valerio Apocration (siglo IV) llevó a cabo una recopilación del vocabulario empleado por diez grandes oradores griegos (Antifonte, Hipéredes, Andonidas, Lisias, Isócrates, Iseo, Esquines, Licurgo, Demóstenes y Dinarco) titulada Harpocration.
A lo largo de la Edad Media se siguieron elaborando obras de referencia similares, aunque no era posible aún hablar de diccionarios propiamente dichos. San Isidoro (560-636), cuyas obras representaron un punto de referencia básico para el saber medieval, compiló en sus Etymologiæ todo el saber de su tiempo. En otros textos suyos como Synonima y Differentiæ se muestra igualmente su interés por los estudios léxicos. En el siglo IX aparecen los grandes vocabularios árabes, y en el siglo XI el Vocabularium latinum de Papias y el léxico hebreo de Judas Huig. Sin embargo, la mejor compilación medieval es el Catholicon, compuesto en 1286 por el dominico italiano Giovanni Balbi (1220-1298); se trata de una especie de enciclopedia latina que contiene un tratado de gramática, otro de retórica y un vocabulario.
Sin embargo, el verdadero germen de la lexicografía moderna se halla en el tratamiento de ciertos textos latinos en la Alta Edad Media, algunas de cuyas palabras más difíciles de entender eran glosadas con equivalentes romances para permitir su comprensión por parte de monjes con un conocimiento imperfecto del latín. Estas glosas se escribían en los propios manuscritos, entre las líneas de los textos litúrgicos o al margen. No obstante, dado que era una pérdida de tiempo tener que representar el significado de una misma palabra una y otra vez, surgió la costumbre de crear glosarios de palabras clave o términos especializados. A medida que estas colecciones de palabras y nombres latinos aumentaban de tamaño, se hizo necesaria la ordenación de este material léxico para facilitar su consulta. Desde el punto de vista histórico, esto dio lugar a dos clases de inventarios léxicos: el nomenclátor, un catálogo sistemático de palabras agrupadas en torno a materias de interés (que representa el inicio de los diccionarios técnicos), y el diccionario propiamente dicho, una lista alfabética de palabras junto con sus definiciones. En la historia de los diccionarios, por tanto, las obras plurilingües han precedido a las monolingües.
Puede decirse que el nacimiento de la lexicografía como ciencia tuvo lugar en el siglo XV, coincidiendo con el movimiento humanista y la invención de la imprenta. Hasta esa época no estuvo acompañada de un aparato científico y docente y una concepción verdaderamente moderna, ya que los vocabularios, glosarios y repertorios léxicos compuestos anteriormente se limitaban a ensayos filológicos incompletos. El religioso italiano Ambrosio Calepino (1435-1511) publicó en 1502 un diccionario latino-italiano al que posteriormente se le añadieron las correspondencias de hasta once lenguas. Fue tan popular esta obra que se llegó incluso a acuñar el término calepino como nombre genérico de los diccionarios latinos. Robert Étienne (1503-1559), famoso impresor francés, publicó el Dictionarium sive latinæ linguæ thesaurus (1531), y su hijo Henri (1531-1598) el Thesaurus græcæ linguæ (1573). Estas dos obras sirvieron de modelo para otras posteriores, como el Lexicon totius latinitatis (1771), de Egidio Forcellini (1688-1768), y los Glossarium mediæ et infimæ latinitatis (1678) y Glossarium mediæ et infimæ græcitatis (1688), de Charles Du Fresne (1610-1688).
En España, uno de los precursores en el terreno de la lexicografía fue Alonso Fernández de Palencia (1423-1492), creador del Universal vocabulario en latín y romance (1490). Antonio de Nebrija (1444-1522) compuso el primer diccionario castellano-latino, Dictionarium latinum-hispanum et hispanum-latinum (1495), que constituye una de las primeras compilaciones bilingües realizadas de forma metódica. El Diccionario de vocablos castellanos (1587), de Alonso Sánchez de la Ballesta, contiene refranes castellanos con su equivalencia latina. El auge de las lenguas vernáculas que acompañó a la creación de los estados modernos dio lugar a repertorios plurilingües como el Tesoro de las dos lenguas, francesa y española (1607), del francés Cesar Oudin —formado eminentemente con textos literarios—, y el Diccionario castellano. Dictionnaire français. Diccionari català (1641), de Antonio Lacavallería —que aporta como novedad la descripción de estas tres lenguas romances en sí mismas, no como modelo preceptivo para el estudio del latín. Sin embargo, la obra más importante de la lexicografía española de esta época es el Tesoro de la lengua castellana o española (1611), de Sebastián de Covarrubias (1539-1613), que recogía tanto los términos clásicos como las palabras actuales. Ya en el siglo XVIII, la Real Academia Española publicó su Diccionario de Autoridades (5 vols., 1726-1739), que a partir de entonces se constituiría en la principal obra de referencia lexicográfica en España. Su nombre se debe a que cada término justificaba su inclusión con referencias y ejemplos de uso de las principales autoridades literarias españolas. Incluía todas las palabras de uso común así como algunos términos científicos, y prescindía de las etimologías que se consideraban inciertas. La Academia llevó a cabo mediante esta obra un gran esfuerzo para fijar el idioma común, depurándola especialmente de los galicismos que se habían introducido durante la época de Felipe V. En 1780 publicó el Diccionario de la Academia —basado fundamentalmente en el Diccionario de autoridades—, que en sus sucesivas ediciones fue experimentando cambios metodológicos e incluyendo las reformas ortográficas aprobadas en cada momento.

Italia fue uno de los países precursores en los estudios lexicográficos modernos. El Vocabulario degli Accademici della Crusca (1612), publicado por la Academia de la Lengua Italiana, es el diccionario más antiguo de Italia, y sirvió como modelo para los grandes vocabularios europeos de los siglos XVII y XVIII. Se trata de una obra normativa, basada en la lengua literaria empleada por los principales escritores italianos del siglo XIV (Dante, Petrarca, Boccaccio, etc.), que durante mucho tiempo fue tenida como código de la lengua.

En Francia, la Academia Francesa fue el principal órgano que impulsó la publicación del Dictionnaire de la langue française (1694), cuyo objetivo fundamental fue la codificación de la lengua contemporánea, para lo cual se excluyeron los arcaísmos, los vulgarismos y los neologismos del francés.

En Inglaterra, el primer diccionario monolingüe fue A Table Alphabeticall (1604), de Robert Cawdrey, que contenía cerca de tres mil palabras de un marcado carácter culto. En 1616 aparece An English Expositor, de John Bullokar, obra en la que aparecen numerosos arcaísmos señalados mediante un asterisco para indicar que no pertenecían al inglés hablado. Siguiendo esta misma tradición cultista, se publican posteriormente The English Dictionarie: or, an Interpreter of Hard English Words (1623), de Henry Cockeram, y Glossographia (1656), de Thomas Blount. Todos los esfuerzos puristas de la segunda mitad del siglo XVII por fijar las reglas de un inglés culto dieron como resultado diferentes obras lexicográficas de carácter normativo. La principal fue el Dictionary of the English Language (1755), de Samuel Johnson, basado en el habla de las clases altas. Se trata del primer intento puramente lexicográfico de registrar la lengua inglesa sobre la base de un corpus lingüístico: el Dr. Johnson ofrece razones para excluir ciertas palabras (altamente especializadas o polisílabas) y, fundamentalmente, decide excluir de su obra los nombres propios, iniciando de esta forma lo que durante siglos iba a ser una de las principales diferencias entre la lexicografía británica y la americana. Al igual que otros grandes diccionarios europeos, el del Dr. Johnson se basa en las citas de los escritores clásicos; de esta forma, se convirtió en el primer lexicógrafo inglés en deducir el significado de las palabras a partir de un muestreo sistemático de su uso real. A partir de ese momento, los diccionarios ingleses asumen una función normativa. En el continente americano, el lexicógrafo Noah Webster publicó An American Dictionary of the English Language (1828), basado en el principio de que el uso de las palabras debería derivar de la lengua hablada; la obra, duramente criticada en su momento por sus americanismos y por sus preferencias ortográficas poco convencionales, representa la base del inglés americano moderno.

Tras la fundación, a principios del siglo XIX, de la filología románica, cambió radicalmente el enfoque en el estudio de las lenguas y la metodología en la redacción de diccionarios. Friedrich Diez adaptó al estudio de los idiomas románicos el método histórico-comparativo que Franz Bopp y Jakob Grimm habían aplicado a las lenguas germánicas, y como resultado de ello publicó en 1853 su Etymologisches Wörterbuch der romanischen Sprachen, una de las primeras comparaciones sistemáticas de las lenguas románicas. Dentro de esta línea historicista se enmarcan igualmente el Deutsches Wörterbuch (1852-61), el Dizionario della lingua italiana (1858-79) y el Oxford English Dictionary (1895), uno de los mejores diccionarios que existen de una lengua occidental, con cerca de 2.400.000 citas de escritores en lengua inglesa de todos los tiempos. El Dictionnaire de la langue française (1863-73), de Émile Littré, está considerado como uno de los primeros diccionarios científicos.

El estudio comparativo de las lenguas románicas hizo que cobraran gran importancia los diccionarios etimológicos. Los precursores en este terreno fueron los filólogos Wilhelm Meyer-Lübke —autor del Romanisches Etymologisches Wörterbuch (1911-20)— y Wilhelm von Wartburg —con su monumental Französisches Etymologisches Wörterbuch (1922). En España, el Diccionario crítico etimológico de la lengua castellana (1954), de Joan Corominas, es la obra fundamental en este terreno. Merece igualmente mención especial el Diccionari Català-valencià-balear (1926-62), de Alcover y Moll, repertorio exhaustivo de todo el léxico catalán con especial mención a las formas dialectales, con sus correspondencias fonéticas.

La lexicografía es la disciplina lingüística que estudia la elaboración de diccionarios, a partir de los supuestos teóricos que derivan de la lexicología. La labor del lexicógrafo consiste precisamente en aplicar criterios sistemáticos que permitan la elaboración rigurosa de un diccionario, puesto que de otro modo éste se convertiría en un mero inventario de palabras: debe reflejar el caudal léxico de una lengua, pero también tiene que codificarlo mediante reglas. Según Hartmann, existen cinco postulados generales en la lexicografía:

1) La lexicografía se centra en la descripción y explicación del vocabulario de una lengua o variedad lingüística; los diccionarios bilingües son subproductos de los monolingües, que constituyen el objetivo fundamental del lexicógrafo.

2) La unidad básica de la lexicografía es el lexema (o lemma), una familia de unidades léxicas o una combinación homogénea de formas léxicas y sentidos distintos. En general, dos o más unidades léxicas formarán parte del mismo lexema si existe una regla léxica que permita deducir el sentido de una a partir del de la otra (por ejemplo, infeliz, felicidad y felizmente son unidades léxicas relacionadas por derivación con el lexema {feliz}).

3) Los diccionarios pueden describir el vocabulario completo de una lengua o concentrarse en uno o más aspectos del mismo (ésta es la diferencia entre los diccionarios generales y los enciclopédicos).

4) La lexicografía ha de emplear un metalenguaje válido para el manejo y la presentación de la información contenida en él.

5) En última instancia, son las necesidades léxicas de los hablantes las que motivan y juzgan la validez de un diccionario.

En primer lugar, en un diccionario se distinguen la macroestructura (o disposición relativa de las unidades léxicas, según un orden alfabético) y la microestructura (o estructura interna de las mismas). La microestructura posee dos niveles fundamentales:

1) Entrada léxica. Incluye el encabezamiento de la unidad léxica e información acerca de su morfología, su pronunciación, su etimología y su categoría gramatical; si varias de estas categorías aparecen en la misma entrada deben ser claramente diferenciadas.

2) Definición. Consta de una o varias acepciones señaladas mediante números arábigos en negrita; cada acepción está formada por una definición apropiada del sentido de la palabra o una paráfrasis (o ambas), y también puede añadirse un ejemplo ilustrativo de su uso. Resulta igualmente habitual el empleo de etiquetas que faciliten información enciclopédica, como su localización geográfica, registro de habla, nivel de lengua, notas de uso, etc.
Los modismos y frases hechas en los que pueda intervenir una entrada léxica se incluyen a continuación, puesto que son extensiones sintácticas de su significado. Por último, resulta práctica habitual en lexicografía adjuntar los sinónimos y antónimos de las palabras que se definen.
El fenómeno semántico más común en los diccionarios es la polisemia o relación de una única unidad léxica con diferentes sentidos. No obstante, la estructura semántica de una palabra polisémica no debe ser considerada como una cadena desordenada de sentidos: se trata más bien de una serie de núcleos semánticos alrededor de los cuales giran los significados secundarios como satélites. Estos últimos aparecen introducidos por etiquetas del tipo [Por extensión], [Por especialización], [Por metonimia], [Uso figurado], etc. La principal dificultad de este sistema consiste en saber cuándo un sentido puede ser considerado una extensión semántica de otro o cuándo posee un carácter independiente.
Otro problema con el que se enfrenta el lexicógrafo es el llamado conocimiento enciclopédico. Lo ideal sería que un diccionario proporcionara, además de la información puramente lingüística, datos prácticos acerca de su empleo en situaciones concretas para ayudar a aclarar su significado. El conocimiento enciclopédico es una consecuencia a la vez inevitable y necesaria de lo anterior. No obstante, el lexicógrafo ha de intentar ser lo más preciso posible, y proporcionar definiciones de carácter analítico que sirvan para organizar sistemáticamente el corpus del diccionario. Esto implica que cada término conceptual (técnicamente llamado definiendum) ha de poseer una o varias definiciones (definiens) formadas por un concepto básico cercano al definiendum (genus proximum) y al menos un rasgo distintivo característico de él (differentia specifica). La metodología que el lexicógrafo emplea a la hora de llevar a cabo el análisis semántico de las palabras es de carácter contrastivo: para poder aislar las unidades léxicas es necesario compararlas y agruparlas en clases que posean rasgos semánticos en común.
Sinónimos: Vocabulario, léxico, lexicón, glosario, tesoro, tesauro, nomenclátor, nomenclatura, enciclopedia.


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